Asier Villalibre celebra un gol. Foto: LaLiga.

Un búfalo anda suelto

Opinión

Asier Villalibre celebra un gol. Foto: LaLiga.

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Asier Villalibre, el Búfalo de Gernika, conecta con la tradición de los delanteros que se desatan cuando buscan el gol con la ambición y la voracidad de los animales salvajes. Un delantero centro, un nueve, siempre tiene hambre de gol, y de eso se alimenta Villalibre. Su mayor continuidad le hace sentirse más liberado, con la sensación de no tener que demostrar algo en cada minuto que le otorga su entrenador. Se trata de un búfalo, al fin en libertad, que galopa por las praderas de los campos de fútbol y que da la impresión de encontrase muy cómodo en una estampida.

La historia reciente del Athletic ha contado siempre con un delantero centro específico, un rematador en el área, un nueve puro y duro. No se trata de bucear en la prehistoria del fútbol y remontarse a los tiempos de Zarra o de Bata. Ni siquiera, de rebuscar en los años setenta y ochenta, cuando, por ejemplo, Carlos logró el último trofeo Pichichi en el conjunto rojiblanco o cuando se consiguieron los títulos de Liga y Copa con Javier Clemente en el banquillo.

“Se trata de un búfalo, al fin en libertad, que galopa por las praderas de los campos de fútbol y que da la impresión de encontrase muy cómodo en una estampida”

Ziganda, Urzaiz, Llorente y Aduriz han ocupado ese puesto en la historia más cercana de los leones. Se trata de jugadores de diferentes características, pero, en cierta medida, cortados por un mismo patrón y con un mismo objetivo grabado a fuego: el gol entre ceja y ceja. Uno tras otro, fueron pasándose el testigo de killer del área, hasta que con la marcha de Aduriz ese puesto ha quedado huérfano. Mejor dicho, parecía haber quedado vacío. Y es que Asier Villalibre ha recogido el encargo. Garitano, hasta entonces, había hecho encaje de bolillos para cubrir con garantías esa posición, fundamentalmente con Raúl García y con Iñaki Williams. Malabares en la búsqueda de un nueve. Y mientras, Villalibre estaba ahí. Vamos, que no ha nacido por generación espontánea, aunque es verdad que se trata de un jugador de cocción lenta, de maduración más tardía.

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Asier Villalibre, rodeado de jugadores del Real Betis. Foto: LaLiga.

El Búfalo es el ejemplo del jugador que se curte en Lezama desde la infancia. Ingresó siendo un niño en la categoría cadete y, temporada tras temporada, fue subiendo escalones, progresando en la consecución de su fantasía, la misma que tienen todos los críos que nacen en Bizkaia. Cuando llegó al segundo equipo, al filial, tuvo que buscarse las alubias lejos de Bilbao y de Lezama. Fue cedido al Valladolid, al Lorca y al Numancia, donde apenas rascó bola. De nuevo en el club de sus sueños, al Búfalo le ha costado comenzar a coger galones. Ahora ha llegado su momento.

Dicen que “algo tiene el agua cuando la bendicen”. Pues algo tuvo que ver Aritz Aduriz en este jugador para animarle a que llevara el número 20 en su espalda. Toda una responsabilidad para un delantero bisoño, inexperto, un pipiolo que no se achantó a la hora de recoger el guante y de asumir el reto. Jugador grande, fuerte, con poderío en el juego aéreo y, sin embargo, con querencia a la hora de caer a banda. De hechuras toscas e incluso torpes, cuando, en realidad, sabe manejarse en los espacios cortos, buscando huecos para el desmarque dentro del área. Un jugador que embiste, que ya ha logrado su primer bufido esta temporada y del que se espera que lleguen muchos más. Un mocetón al que los aficionados del Athletic estarían dispuestos a perdonarle todo, incluso lo mal que toca la trompeta, si responde en el verde. Así es el nuevo delantero centro del Athletic, un jugador que tiene un doble reto: por un lado, marcar goles, y por otro, cubrir con garantías el imborrable recuerdo que sus predecesores han dejado en el Club. Casi nada.