La Real Sociedad fue valiente y mereció el empate en el Camp Nou. Foto: Real Sociedad.

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Opinión

La Real Sociedad fue valiente y mereció el empate en el Camp Nou. Foto: Real Sociedad.

Opinión

Hay quien visita el Camp Nou y aparca el autobús en doble fila a la altura de la frontal del área. Los hay que tratan de juntarse en bloque medio y dejar el menor espacio posible en la zona de creación blaugrana. Y luego están los que tratan de agobiar su salida de balón con una presión alta e intensa. Todos suelen volver para casa con cara de pocos amigos. Y en eso, la Real, es especialista. Lleva 23 partidos de Liga seguidos sin ganar en el templo culé. Treinta años, diecinueve días y quinientas noches…

Pero tú puedes perder el partido y dejarte también la dignidad competitiva en el camino. Abocado irremediablemente al whisky on the rocks. Y eso es lo verdaderamente peligroso. Regresar a casa con arañazos en la identidad. Porque además de puntos pierdes patria, ese territorio natal o adoptivo al que el futbolista se siente ligado.

“Imanol decidió seguir haciendo sonar las cornetas de ataque y enviar un mensaje claro a su equipo, somos la Real, vamos a por ellos”

Jugar ante una colección de cromos como la del Barça implica asumir que todo puede pasar. Puedes ser novio de la posesión durante toda la temporada, y da igual. Cuando pises la misma hierba que Busquets tardarás poco en comprender que eres un cornudo, y la única opción que te dejará será el básico y elemental patadón y tentetieso. Ya si llegas al escenario sin Oyarzabal, máximo goleador del campeonato, y sin Silva, futbolista del equipo con el mayor porcentaje de acierto de pase en cancha contraria, es razonable asumir que la tarea de conquistar distrito ajeno se presenta harto y complicada.

Ahora bien, pertenecer a una patria común en esto del fútbol, es algo que trasciende más allá del terruño. Tiene que ver también con lo afectivo, y fundamentalmente con la historia, con lo que te han inculcado desde que comenzaste a desgastar cuero en las canchas de Zubieta. Renunciar a ello es un ejercicio que precisa una reflexión muy profunda. Se hace y se ha hecho, pero Imanol no es de esos. Si hay que morir, se muere, pero con las botas amarradas.

Portu anoche en el Camp Nou. Foto: Real Sociedad.

Después de la serie de golpes encajados en los primeros minutos de partido, el Barça consiguió llevar contra las cuerdas a la Real. Su primera conquista fue hacerse con el balón, y a partir de ahí ensanchar el campo e inocular su mejor vacuna: toca y vete. Claro, desde el sofá todos somos Maradona. Todos tenemos cuarto y medio de soluciones. Pero verse encerrado por Messi, Griezmann, Pedri, De Jong y Busquets tiene que ser muy estresante.

Yo lo tenía claro, me hubiese reorganizado para armar un bloque bajo y defender con el Muro de Invernalia. Formaría un trío de ataque de pierna suelta y potente con Barrene, Isak y Portu, y cada balón que cazase, lo convertiría en un misil tierra aire a la espalda de la defensa blaugrana. A toro pasado todos somos Espartaco…

Imanol decidió seguir haciendo sonar las cornetas de ataque y enviar un mensaje claro a su equipo. Somos la Real, hostia (perdón), vamos a por ellos. Porque esta es nuestra patria y esto es lo que nos ha llevado hasta aquí: líderes de la Liga, finalistas de la Copa del Rey, semifinalistas de la Supercopa y en dieciseisavos de final de la UEFA Europa Legue.

Al cómo, la esencia y la patria no se debe renunciar tan fácilmente. Se puede abandonar una patria dichosa y triunfante. Pero amenazada, destrozada y oprimida no se la deja nunca; se le salva o se muere por ella. Robespierre. Buen central, decían.