Mouctar Diakhaby Foto: Valencia CF.

La lucha contra el racismo es una gran mentira

Opinión

Mouctar Diakhaby Foto: Valencia CF.

Opinión

La semana pasada el fútbol español vivió una de esas escenas que muchos han tratado de pasar de puntillas pero que muestran un agujero negro social que nadie quiere mostrar. Que nadie quiere abordar. El racismo es una realidad que nos rodea, como sociedad en general, de igual manera que existe el machismo, el clasismo y muchas otras discriminaciones que forman parte del ser humano. No creo que pase nada por reconocer las grietas de nuestras sociedades avanzadas. Lo intolerable es mirar para otro lado cuando suceden episodios con trascendencia pública que ponen de manifiesto nuestras miserias.

Un jugador del Valencia CF -Diakhaby- abandonó, hace una semana, un terreno de juego al escuchar (así lo defiende sin fisuras) que un jugador del Cadiz CF -Cala- le insultó tras un lance del juego aludiendo despectivamente al color de su piel. No hace falta que reproduzca de nuevo el insulto. Todos lo sabemos. Cala niega sin fisuras que eso ocurriera. Y, a partir de ese instante, se pusieron de manifiesto todas las grietas del sistema. Como sociedad y como organización de nuestro fútbol.

La primera parada señala a LaLiga. Con tantos millones de euros de volumen de negocio, el peritaje de imágenes y micrófonos es incapaz de registrar de forma plena la conversación real entre acusado y acusador. En un estadio vacío los micrófonos no registran la conversación completa -repito, completa- y no hay imágenes frontales que determinen con claridad lo allí ocurrido. En cambio, en un partido del Barça podríamos ver el color de ojos de Messi o el susurro de Ramos al oído de un contrario. El clasismo también existe en el fútbol. Por si no lo sabían, no existe el mismo número de cámaras para todos los partidos de Primera División. Primer error de manual; misma competición, mismo tratamiento tecnológico. Todos los espectadores merecen las mismas oportunidades y todos los clubes las mismas herramientas para, por ejemplo, asuntos como los vividos en el Ramón de Carranza.

“Con tantos millones de euros de volumen de negocio, el peritaje de imágenes y micrófonos es incapaz de registrar de forma plena la conversación real entre acusado y acusador”

En segundo lugar, la transparencia de los hechos. A mayor transparencia, mayor credibilidad. El primer lema de la comunicación es la veracidad y rigor en lo que se cuenta. No hacerlo manipula la realidad. La tarde noche del domingo en cuestión, LaLiga no ofreció una sola letra, una sola imagen, una sola referencia a lo ocurrido en Cádiz. Si uno busca resúmenes del partido, o información en redes sociales del Cádiz-Valencia, el incidente supuestamente racista no existió. No sucedió. No se produjo. Ni el partido paró treinta minutos, ni un equipo -el Valencia CF- decidió abandonar el terreno de juego en un acto sin precedentes. No hablamos, pues, de desinformación. Hablamos de un sesgo deliberado de la realidad. Y eso tiene otro nombre. Como periodista, es indignante. Pero, al mismo tiempo, es reconfortante que el incidente Cala-Diakhaby destapara de forma pública y sonrojante todas las miserias que esconde el maravilloso escaparate de la organización de nuestro fútbol. Pura fachada para intentar mantener atontado al espectador con la esperanza de que no se dé cuenta de nada. Pero, afortunadamente, no se le pueden poner puertas al mar de la verdad.

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El Valencia CF se retira del campo tras el insulto racista de Juan Cala hacia Diakhaby. Foto: Valencia CF.

Sorprendente también -pero ya menos- el silencio cómplice de los clubes. Mientras todos los clubes venden en su escaparate su rotundo ‘no al racismo’ durante trescientos sesenta y cuatro días del año, el día en el que un jugador denuncia racismo sobre un campo de juego no sale ni uno a defender lo que pregona el resto del año. Ni uno. Las campañas contra el racismo son una gran mentira que quedan muy bonitas hasta que te toca mojarte de verdad. Y entonces todos callados. Es todo un postureo repugnante. Tuvieron que ser los jugadores los que, a título individual al margen de sus clubes, defendieran el ‘no al racismo’; no al de Diakhaby, sino a cualquiera.

Del silencio de la RFEF y del CSD no hace falta ni hablar. Estas son instituciones públicas y, por tanto, no estaban sujetas al dictado de ninguna entidad privada y sus intereses particulares. Pero también se escondieron. No queda nada a lo que agarrarse.

Y, el triste resumen de todo esto, es que Diakhaby se ha quedado solo en su denuncia de racismo. Siente que vive en un país que no le protege ante determinadas situaciones y queda en una situación de indefensión social acojonante. ‘Como no lo puedo demostrar no va a pasar nada’ le escuchaba el otro día decir. Y tiene razón. Todo el mundo ha mirado hacia otro lado hasta el punto de tener que escuchar a Javier Tebas decir abiertamente que ‘el jugador habrá escuchado mal’. No hay mayor golpe a la mandíbula de Diakhaby que poner en duda su testimonio por parte del presidente de LaLiga. No solo no le arropa, sino que le cuestiona. No hace falta humillar un testimonio para defender la falta de pruebas. Así se entiende mejor porque ningún club salió a defender su posición contra el racismo independientemente de lo que después pudieran decir las imágenes. Porque luchar contra el racismo no es hacerlo solo si las pruebas certifican un hecho. El racismo existe en general, y el solo testimonio de Diakhaby era motivo suficiente para ponerse del lado débil de esta lacra social. ‘No al racismo’ como forma de vida, no solo ‘como forma de quedar bien’.

“No hay mayor golpe a la mandíbula de Diakhaby que poner en duda su testimonio por parte del presidente de LaLiga”

Advertirán que no he hablado de Cala. Ciertamente no sé si es racista o no lo es. Solo él sabe lo que es y lo que hizo. Pero no necesariamente uno es racista por ser acusado de insultar utilizando el color de la piel. En el fútbol -y en la grada- se dicen muchas barbaridades cada domingo y no convierte a los jugadores -ni a los aficionados- en bárbaros. Es más; estoy seguro de que Cala no es racista. Mi análisis tiene más que ver con la reacción posterior de todos los actores que tienen poder de decisión para actuar primero y para cambiar las cosas de forma real y rotunda después. Pero la elección que yo he visto ha sido claramente la de tirar disimuladamente tierra encima para que el entierro termine lo antes posible. Y a seguir como si nada hubiera ocurrido. Pero ha ocurrido. Hay una víctima, se llama Diakhaby y le han dejado solo.

Para mí, es terrible lo vivido. Pero no hace más que reflejar la sociedad en la que vivimos; preocupada hasta el extremo del postureo y de los mensajes vacíos pero, a la hora de la verdad, todo es mentira.